compartir en:

Por: Ernesto Santillán

@esantillan18

 

Esta es una historia común, como las que se encuentran escondidas en cada rincón de la Ciudad de México. Oscura, violenta, impune. Una historia que como miles más, grita en silencio para ser escuchada. 

“A mi  niña le robaron su infancia. Le robaron su juventud y a nadie le importa”, dice Rocío mientras se sumerge en un pensamiento profundo. Sus palabras le traen recuerdos dolorosos, tal vez hasta le provocan un poco de culpa. El shock de la noticia todavía no se le termina de pasar. Se queda callada. 

A la hija de Rocío la tocaron como ninguna niña debe ser tocada o acariciada a los 8 años. La ultrajaron y al que acusan de ser el responsable es un hombre por lo menos 30 años mayor que su víctima. 

Es un tipo fachoso, sucio. Se está quedando calvo, las pocas canas que adornan su cabeza están despeinadas; fuma mucho. El hombre se llama Alfonso Torres Bolaños y trabaja como chofer de un camión de transporte escolar en la escuela Benito Juárez, en la colonia Roma. 

En la escuela nadie lo conoce. De hecho no conocen a ningún chofer de los que se encargan de llevar a los estudiantes a sus casas. Al finalizar el día, simplemente los mandan con un desconocido, sin ningún otro adulto que supervise los traslados más que el conductor del camión. 

Las escuelas no deciden qué empresa o choferes llevan a sus alumnos, eso lo determina la Secretaría de Educación Pública (SEP), quien junto con la Sedema redactó el reglamento que las empresas y conductores contratados para prestar estos servicios debían cumplir cuando el exjefe de gobierno Marcelo Ebrard, intentó imponer que fuera obligatorio el transporte escolar para las escuelas públicas de la capital del país. 

Pero como todo reglamento, si no existe una autoridad que verifique que se cumpla, no sirve de nada. Así que el señor Alfonso se aprovechó de la falta de supervisión y comenzó a abusar de los estudiantes en diversas maneras. 

Miranda, nombre que usaremos para identificar a la hija de Rocío, una de sus víctimas, no sabe con exactitud cuántas veces el chofer Alfonso la tocó, le pidió que lo tocara, la besó y le acarició las piernas.

Como era costumbre, la niña de ocho años siempre era la primera en abordar el camión. El resto de los niños llegaban entre 15 y 20 minutos después que ella, tiempo que pasaba a solas con Alfonso Torres Bolaños. 

“En una ocasión el chofer se me acercó, me cargó de las axilas y me llevó a la parte de atrás del camión donde empezó a tocarme y a besarme. Yo estaba nerviosa, quería llorar, no sabía qué hacer; amenazó con matarme a mí y a mis papás si decía algo”, cuenta la menor con la mirada desviada mientras mueve sus manos de forma nerviosa. 

Ni la víctima ni su madre saben con certeza cuánto tiempo ocurrieron los abusos ni qué tan frecuentes fueron, Rocío calcula que comenzaron hace aproximadamente tres meses, cuando su hija por primera vez le dijo que ya no quería irse en el transporte escolar porque ahí la molestaban. 

Así pasaron los días y la ansiedad de la niña aumentaba, el camión del transporte escolar se había convertido en su pesadilla, en un tormento peor que cualquier otro, hasta que no pudo más y decidió contarlo. 

Se lo platicó a una de sus amigas, le dijo lo que el chofer le hacía por las mañanas antes de que todos llegaran. Inmediatamente su compañera le dijo que tenía que contarle a su mamá y la presionó hasta que la convenció. 

Aquel día Miranda llegó a su casa y le dijo a su mamá que tenía que hablar con ella, tenía algo que decirle pero sólo confesaría si ella le prometía no enojarse. Al pronunciar las primeras palabras Rocío no podía creer lo que escuchaba. 

Se acercó a su hija y le pidió que fuera lo más clara y honesta y comenzó a ahondar con preguntas, quería estar cierta de que fuera verdad, quería saber qué tanto habían lastimado a su hija. 

Entonces sobrevino la ira y con ella el coraje y la impotencia. Todo aderezado por una sed de justicia que las autoridades en México, por lo general, no logran saciar. 

De acuerdo con la última recomendación emitida por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) sobre la prevención, atención y sanción de casos de violencia sexual en contra de las niñas y los niños en Centros Educativos públicos, entre el año 2000 y el 2014 se emitieron un total de 190 quejas, en las cuales se señaló como autoridad responsable a la Secretaría de Educación Pública (SEP)  y a secretarías de educación de diversas entidades federativas por casos relacionados con abuso sexual, acoso sexual, acoso escolar, violación y tocamientos. 

Por su parte, la misma CNDH solicitó a las secretarías de educación de los estados el registro de abusos sexuales de todas las entidades federativas del país, en donde se reveló que sólo de 2002 a 2013, se registraron mil 365 quejas por agresiones, abuso y acoso sexual en los planteles escolares, de las cuales 546 corresponden a la Ciudad de México.

Además, según documentó la CNDH, en el 26% de los casos no se inició ninguna investigación. 

Encaran e intentan linchar al chofer

Así llegó la mañana del 27 de junio, día en que la madre de la presunta menor abusada decidió encarar al chofer, verlo a los ojos, ponerlo a prueba y ver cómo reaccionaba al ser acusado de sus supuestos delitos, pues al parecer, este hombre había hecho más que sólo tocar a Miranda. 

De acuerdo con la víctima abusada y los testimonios de otras mamás cuyos hijos compartían el mismo camión que conducía el chofer Alfonso, éste mantenía un negocio con otros alumnos de la institución, a quienes les cobraba cuotas y a cambio los dejaba manejar la parte de hasta atrás del camión, conocida popularmente por los usuarios como la “zona VIP”. 

Así, los alumnos también cobraban a otros compañeros que querían ocupar esa parte del transporte escolar y al final se dividían la tajada con el chofer. 

Al ser confrontado por Rocío, el conductor inmediatamente se puso a la defensiva, negó todas las acusaciones que se le achacaban. La discusión subió de tono y el enfrentamiento verbal entre Alfonso y Rocío se tornó cada vez más agresivo. 

Los gritos y las acusaciones de la mamá de la víctima alertaron a un grupo de jóvenes que habitan en los alrededores de la calle Chimalpopoca, quienes al enterarse de lo sucedido, atacaron al chofer sin previo aviso. 

Lo patearon, golpearon, lo insultaron. En medio del alboroto llegaron dos patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina, quienes de inmediato intervinieron entre los agresores y Rocío, quien ante la situación, temió que ultimaran al conductor y se interpuso entre el agresor de su hija y el grupo de hombres que  trataron de linchar al señor Alfonso hasta que la policía llegó. 

Al darse cuenta de la situación, los policías preguntaron a Rocío si quería levantar cargos contra el presunto abusador, cuestionamiento al que la mamá de la víctima respondió que sí, por lo que tanto ella como su hija y el agresor fueron trasladados al Ministerio Público donde se levantó la denuncia por abuso sexual agravado en vehículo de servicio público y se abrió la carpeta de investigación: CI-FDS/FDS-6/UI-FDS-6-03/00709/06-2017.

No obstante, a pesar de las declaraciones de la menor, las autoridades capitalinas informaron a la presunta víctima y a su madre que el chofer no podía ser detenido, pues no fue sorprendido en flagrancia durante los abusos y tocamientos. 

Por ahora el acusado sigue libre, las víctimas no se han podido comunicar con su abogado de oficio ni en una sola ocasión desde que se los asignaron y tampoco se les otorgó ningún tipo de protección a las víctimas a pesar de las amenazas de muerte que el chofer lanzó constantemente a Miranda. 

“Cómo es posible que ni una patrulla se pueda dar una vuelta para vigilar que no seamos agredidas, yo no sé a quién me estoy enfrentando, no sé si las amenazas son ciertas, cómo puedo estar tranquila; parece que las autoridades están más del lado del agresor que nuestro”, comenta Rocío para el Diario de México consternada, mientras ve a su hija y espera que su caso no sea uno más de los que abultan las cifras de impunidad en México.