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El torneo Clausura 2017 tiene campeón y se llama Guadalajara. Si usted ha establecido conmigo la complicidad de leer mi colaboración semanal, se acordará que hace ocho días le comenté que si bien Tigres era amplio favorito, tampoco eran invencibles y el chiverío tenía las suficientes armas para pelear al tú por tú contra el poderío regio.

Desde el juego de ida, Matías Almeyda planteó una estrategia inteligente y concisa, que cerró las bandas a los felinos y de manera férrea cercó el medio campo. Además, tuvieron en Nahuel Guzmán a su mejor aliado, ya que cometió dos groseros errores que dieron pie a las anotaciones rojiblancas.

Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas, ya que la tenencia de la pelota no fue su fuerte y se la entregaban con demasiada facilidad a quién mejor sabe qué hacer con ella. El agobio resultó asfixiante y en un par de minutos, los universitarios de la mano de André-Pierre Gignac nivelaron el tanteador en algo que parecía justo. El propio técnico argentino del Rebaño confesó que si le hubieran propuesto el empate, lo firmaba desde antes de jugar.

La vuelta tuvo un escenario inmejorable. El estadio de los caprinos luciendo un lleno hasta la azotea y con los colores rojiblancos en su máxima expresión, presagiaban que los tapatíos se podrían coronar, como hace 20 años, jugando como locales.

Otra vez Almeyda aplicó una terapia parecida, colmando el medio terreno y haciendo que sus jugadores tomaran de forma personal a los habilidosos atacantes norteños. Además, intentó ganar las espaldas de los defensores y en un pulcro servicio de Oswaldo Alanís, el goleador Alan Pulido la mandó guardar para el delirio de sus aficionados.

Para la segunda mitad, otro gol, si usted quiere circunstancial, del Gallito Vázquez repetía la dosis del juego de ida. La pregunta que flotaba en el ambiente era si la defensiva chiva sería capaz de aguantar los embates, cada vez más frecuentes, de los Tigres.

La sombra de la tragedia se asomó en forma de un derechazo cruzado por Ismael Sosa para dejar el resultado en vilo para el tiempo de reposición. Los Tigres parecían perder la cabeza y la indisciplina afloraba, ayudando con el consumo del tiempo al cuadro de casa.

Ahí se presentó la jugada que abrió la puerta a las protestas y la majadería generalizada de los regios. Ismael Sosa es derribado claramente en el área por Jair Pereyra sin que el silbante Luís Enrique Santander se percatara de ello.

De ahí en adelante, el desenlace fue de terror. Nahuel Guzmán se fue directo al vestidor, Gignac no se presentó a la premiación y jugadores como Javier Aquino y Eduardo Vargas se negaron a que el presidente de la liga, Enrique Bonilla, les colgara la medalla de subcampeones.

Pese a la polémica, Guadalajara fue mejor en los 180 minutos, resultando campeón… con todo merecimiento.