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 Sería por ahí de 1966 y como cada domingo, Eduardo mi hermano y yo acompañábamos a mi padre al estadio de Ciudad Universitaria para asistir al futbol. Ese día el América recibía a un modesto equipo que vestía de rojo con pantaloncillos azules. “Es el Irapuato”, informó mi “jefe” y aseguró la derrota de los freseros, pues era un equipo que estaba recién ascendido y no podría hacerle ni cosquillas al poderoso cuadro “milloneta”.

Al final de cuentas la predicción se hizo cierta y América ganó, pero no sin penurias. Lo que más llamaba nuestra atención era el centro medio, (así se le llamaba al que luego evolucionaría como medio de contención), de los del Bajío. ¡Qué manera de repartir madrazos, barrerse y complicar al rival! Además, desde la tribuna, parecía más grande que todos los demás. Una vez más mi padre, con voz experta, nos hizo saber que se trataba de Carlos Miloc. ¡Si hasta le dicen el “Tanque”, imagínense! y cerró la plática.

Años más tarde mi papá se hizo árbitro profesional y Miloc entrenador. Dirigía al modesto, en aquel entonces, cuadro del Pachuca y visitaban al Guadalajara. Los Tuzos ganaban, en lo que era un “campanazo” y en tiempo de compensación, venía un tiro de esquina a favor del Rebaño Sagrado, que hubiera podido significar el empate.

De pronto, junto al poste de la portería de Pachuca apareció la inmensa figura de Carlos. Se metió a la cancha al tiempo que le decía a don Arturo: “Acabe esto señor Brizio, usted nunca ha sido un sinvergüenza! Mi viejo le puso una mano en el pecho y lo fue llevando, paso a pasito, hasta fuera del campo y al traspasar la línea de meta, se quedó deteniéndole hasta que se cobró el córner. El balón fue despejado y los hidalguenses se alzaron con un triunfo de oro.

Tuve a Miloc en la banca infinidad de veces como árbitro profesional y por supuesto que no era un tipo terso, pero jamás fue grosero, provocador o mala leche. Sus equipos jugaban con garra, pero sin mala intención y fuera del campo, era todo un caballero.

Hace 10 años mi hijo Arturo sufrió un aparatoso accidente automovilístico, por lo que permaneció un mes en terapia intensiva. Todas las mañanas recibí un telefonema desde Monterrey preguntando por la salud del chaval. Adivinó usted, en la línea estaba Carlos Miloc.

Cuando Eduardo Brizio silbó su último juego en primera división también don Carlos le llamó para felicitarlo. A mi amigo Joaquín Urrea, férreo defensor del reglamento le decía: “Yo a usted como árbitro, lo prefiero de visitante”.

El sábado falleció el “Tanque” a los 85 años de edad. Queda su legado de profesionalismo y decencia así como su famosa frase: “El gol es el táctico del partido”.

Hoy goza del privilegio de mirar a Dios a los ojos. A los que le tratamos sólo nos queda decir: ¡Hasta siempre, don Carlos!