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Crecí en un entorno absolutamente futbolero. Mi padre, don Arturo Brizio Ponce de León, nos inculcó desde chavitos a Eduardo y a mí el amor por la manifestación deportiva más bella sobre la faz de la tierra. Mis recuerdos están poblados de escenas asistiendo, primero al estadio de Ciudad Universitaria y posteriormente al majestuoso estadio Azteca, inaugurado cuando un servidor contaba con sólo 10 años de edad.

Con el paso del tiempo mi padre se convirtió en árbitro y la idolatría por Salvador Reyes, Enrique Borja, Nacho Calderón e Isidoro Díaz fue reemplazada por la admiración por hombres como Alfonso González Archundia, Mario Rubio, Enrique Mendoza Guillén y el más grande de todos, Arturo Yamasaki.

A fuerza de ser sincero, el que realmente acompañaba a mi papá en sus correrías arbitrales desde el principio fue mi brother. Se levantaba a las 6 de la mañana para ir a pitar un juego llanero. Luego ya en el profesional, se podía “soplar” viajes de 12 horas en autobús a Torreón ida y vuelta casi de un jalón. Yo sí pedía que me invitaran, pero cuando se subieran a un avión.

Un buen día, le tocó a mi jefe dirigir en C.U. el juego entre Pumas e Irapuato. Los felinos distaban mucho de ser el equipazo que fueron luego y los freseros navegaban en los últimos lugares de la tabla, por lo que la entrada era más bien discreta.

Don Arturo nos había instruido a Lalo y a mí que jamás dijéramos que íbamos con él o que éramos hijos del árbitro, sólo que ese día nos acompañaba mi mamá y sucedió lo siguiente:

El juez se acercó a la banda y recriminó en voz alta a un jugador. Un tipo en la tribuna exclamó: “Así habías de gritar en tu casa, árbitro”, a lo que mi madre respondió con presteza: “Pues así grita, señor, porque yo soy su mujer”.

¡No sabíamos dónde meternos! El caso es que hasta de lugar nos tuvimos que cambiar.

Con el tiempo llegamos a árbitros de Primera División y doña Alicia Carter de Brizio se convirtió en la madre más mentada de México. Mi jefa jamás le entendió al futbol, pero le prendía a la tele para ver que sus vástagos iniciaban el partido y luego calculaba para checar que todo hubiera acabado bien. Rara vez iba al estadio, pero los hermanos sabíamos que estábamos en sus oraciones.

Hoy 30 de marzo, la más mentada cumple 81 años de edad. Vive en un mundo de claroscuros producto de la cruel enfermedad del Alzhaimer, pero es y seguirá siendo mi primer y más importante nexo con la ternura y el amor verdadero.

Le ofrezco disculpas a usted, amable lector, por invadir este espacio para contar estas anécdotas con tintes personales, pero sin la existencia de doña “güera”, como se conoce cariñosamente a mi mamá, los Brizio jamás hubiéramos galopado la pradera y a muchos aficionado se les hubiera atorado la mentada en la garganta. ¡Felicidades, doña Alice!