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La historia de Carlos comenzó el 2012, cuando tenía sólo 19 años y se encontraba comiendo pollos en su ciudad natal, San Luis Potosí.

En septiembre de ese año, fue detenido injustamnete y presentado por la Secretaría de Marina ante la prensa como uno de los supuestos escoltas que protegía a un líder del narcotráfico. 

Según la dependencia, el arresto se hizo durante un operativo para dar con el capo y sus dos escoltas.

Sin embargo, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, informó que realmente Carlos no fue arrestado junto al capo, sino en un restaurante de pollos, donde comía con un amigo antes de partir a la escuela.

La Marina lo eligió como chivo expiatorio, por llevar un tatuaje en un brazo.

La Marina, además, presentó como prueba en su contra el arma que supuestamente llevaba en las manos cuando fue capturado. Luego de analizar la prueba, no se encontraron huellas que correspondieran al acusado.

Asimismo, al menos dos testigos confirmaron ante las autoridades que Carlos no fue capturado en el domicilio cateado por la Marina, ni en las circunstancias en las que la institución armada describió, sino en el restaurante.

Según la narración de Carlos, ese 26 de septiembre de 2012, “me encontraba en el domicilio de mi abuelita, con mi hermana (y) como a las cinco y media de la tarde salí con rumbo a la (avenida) Himno Nacional a verme con mi amigo, porque lo iba a llevar a la escuela donde yo estudiaba”.

Tras encontrarse con su amigo, “él me invitó un pollo antes de ir a la escuela, y nos introducimos al restaurante, y como a eso de las seis y diez, más o menos, entraron unos soldados, revisando al personal, y a mí se aproximó un oficial o soldado, me sacó del negocio, y al revisarme se percató que en mi muñeca izquierda tengo un tatuaje, y me empezó a decir que era una escoria de la sociedad y un malandrín, yo le dije que por qué me agarró, y él me puso contra la pared, poniéndome en la cara un trapo o algo, no sé que era, me tapó los ojos.”

Carlos narra que fue esposado y puesto abordo de un vehículo, siempre con los ojos vendados, donde fue trasladado a un inmueble sólo para tomarle una foto y luego “inmediatamente me volvieron a tapar los ojos y me estuvieron golpeando no sé cuanto tiempo, perdí la noción”.

Tres horas y media después de su captura, Carlos fue conducido a la Ciudad de México.

“Me sacaron del domicilio (donde lo torturaban), me subieron a otro vehículo y me subieron a un avión”.

Tras arribar a la CDMX fue presentado como un presunto narcotraficante ante la prensa, para después ser llevado a una base militar donde siguió siendo víctima de golpes y humillaciones.

Luego de aplicar el Protocolo de Estambul (establecido internacionalmente para la identificación de secuelas de tortura), la Comisión Nacional de los Derechos Humanos constató que, efectivamente, Carlos fue torturado en un lapso de al menos 17 horas, para extraerle una confesión.

Cinco años y cuatro meses después de que Carlos fuera detenido por la Marina, aún continúa preso, “sujeto a proceso”.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos concluyó que la detención de Carlos fue ilegal, al no haberse dado en el lugar y en las circunstancias expuestas por la Marina.

Además concluyó diferentes irregularidades en el proceso al que fue expuesto Carlos.