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La prensa escrita y los diversos noticieros deportivos en la televisión dieron parte el pasado miércoles del fallecimiento del jugador de futbol americano Aaron Hernández. Al parecer, se quitó la vida ahorcándose en la celda que ocupaba, con sentencia de cadena perpetua, en la cárcel de Souza-Baranowski en el estado de Massachusetts.

La vida de este hombre está como para llevarla al cine. Hijo de padre portorriqueño y madre ítalo-estadounidense, ambos con antecedentes penales y líos con la justicia, desde chavito estuvo inmerso en peleas, pandillas y delitos menores, sin embargo, el deporte apareció en su vida como una redención y destacó como un brillante esquinero en su etapa como colegial, al grado de ser reclutado por los Patriotas de Nueva Inglaterra en el draft del año 2010.

Hernández nunca abandonó del todo la esfera social en la que creció y seguía frecuentando a sus amigos de la infancia, la mayoría de ellos viviendo al límite y traspasando asiduamente los límites que la ley impone.

Fruto de ello, Aarón se vio constantemente involucrado en peleas callejeras e incidentes en bares hasta que fue acusado formalmente de lesiones y homicidio. Acababa de firmar una extensión de contrato con los Pats por 4 años y 40 millones de billetes verdes. Todo se fue por el caño cuando lo arrestaron y su equipo cortó toda relación laboral con él.

Desgraciadamente dejó de existir a los 27 años quizá al entender que poca esperanza le quedaba de salir en libertad algún día. Una pena.

Este penoso asunto me hizo acordar de otro atleta, este mexicano, detenido en Nuevo León por el delito de secuestro. Omar Ortiz, apodado el Gato, jugó para varios equipos en nuestro balompié como Monterrey, Celaya, Necaxa, Atlante y Jaguares, hasta que en 2010 fue inhabilitado por cuestiones de dopaje.

Al parecer, esto lo llevó a, como dicen las abuelitas, andar en “malas compañías” y fue acusado de “poner” a personas con posibilidades económicas para que un grupo delictivo los secuestrara. Desde el año 2012 purga una condena y en una reciente revuelta en el penal donde está confinado apareció hecho un cristo por las lesiones que otros internos le produjeron.

Particularmente le tengo ley a Ortiz. Era un buen guardameta, desenfadado, lleno de tatuajes cuando todavía no se imponía esa nefasta moda y con una bella esposa y un montón de hijos. Cuando jugaba para Jaguares de Chiapas, asistí con mi esposa a una comida en honor del equipo en Tuxtla Gutiérrez y al final se me acercó el Gato con una fotografía del día de su debut con los Rayados. El árbitro del encuentro era este, su sencillo y seguro servidor.

Es una pena que cualquier persona, pero sobre todo un atleta, eche por la borda su libertad y su vida.